Hoy me gustaría dar mi apoyo a @madresfera colaborando con la campaña que da nombre a este Post. Una iniciativa que bajo el lema “pide a tu dermatólogo unos pantalones cortos” intenta dar visibilidad a esta enfermedad y sobretodo a la gente que la padece. Así que si estás leyendo esto, y quieres participar o buscar información sobre la campaña #AclaraLaPsoriasis, puedes consultar toda la información aquí.

Creo que en mi vida sólo he conocido a dos personas con psoriasis. Y digo creo, porque estoy convencida de que fueron algunas más… aunque posiblemente no lo supiera. La inmensa mayoría de la gente que padece esta enfermedad de la piel intenta ocultarla… tapándola y esonciéndola bajo capas de ropa… consiguiendo disimularla y así pasar desapercibidos.

Y es que en cierto modo, los entiendo. Entiendo esa sensación de querer huir de las miradas ajenas, de los comentarios, de las caras raras… Por desgracia, vivimos en una sociedad demasiado marcada por la estética.

Cuando yo era una cría, me diagnosticaron de un nódulo tiroideo. Las primeras pruebas nos dieron la buena noticia de que era benigno, pero igualmente tendría que someterme a una operación para extirparlo. Posiblemente el hecho de ser una adolescente, y además, presumida y coqueta, hizo que mi mayor preocupación no fuera el hecho de la operación en sí… me daba igual la anestesia general, el postoperatorio…. mi mente solo podía pensar en una enorme cicatriz en el cuello… y en las consecuencias que esta tendría debido a mis problemas de cicatrización.

La operación salió genial. A pesar de que me tuvieron que quitar gran parte del tiroides debido a que mi nódulo tiroideo tenía un tamaño de cinco centímetros de diámetro. Exactamente el tamaño de una mandarina clementina, palabras textuales del cirujano. A esas palabras se sumaron las de, no te preocupes, que la cicatriz te va a quedar fenomenal. Palabras que sonaron como música en mis oídos.

Ese hubiese sido un final maravilloso, pero no… mis problemas de cicatrización se encargaron de hacerme la puñeta. A pesar de los muchos parches de colágeno, de los muchos cuidados… La cicatriz estaba más roja y abultada que nunca. Se veía horrorosa!

No tardé mucho en darme cuenta de que eso no resultaba solo desagradable para mí. La primera vez que salí a la calle… buf!! Que mal lo pasé.. solo veía miradas y miradas… todas dirigidas a mi cuello… gestos en sus caras frunciendo el ceño… incluso recuerdo a una niña pequeñita, que no podía retirar la mirada, me imagino que por la impresión o la curiosidad… sólo retiró la mirada para tirarle de la manga de la camisa a su madre y preguntarle, señalándo con su dedito hacia mi cuello: Mamá que tiene esa niña ahí? Qué le pasó? Creo que su madre y yo nos intercambiamos la mirada, ambas ruborizadas, pero con sentimientos muy diferentes.

Esa día lloré, lloré mucho…

Ahí comenzó mi colección de pañuelos y fulares. Los cuales utilizaba en cada una de mis salidas a la calle. Los intentos de amigos y familiares por hacerme entender y ver que no pasaba nada por llevar la cicatriz a la vista… eran inútiles.

El verano llegó… como dice la canción!! Y mis calvarios aumentaron. Los pañuelos y fulares se hacían cada vez mas insoportables. Los comentarios de amigos y familiares cada vez eran más insistentes… a donde vas así con la calor que hace!! No será mejor que te quites el pañuelo? Llamas más la atención con el pañuelo que llevando la cicatriz a la vista!! Y sí, en parte puede que tuviesen razón… pero no estaba preparada para las miradas. Aún no!

Me acuerdo exactamente del primer día que me saqué el pañuelo. Era un día caluroso. Había quedado con mi pareja de entonces, marido en la actualidad… llevábamos un rato paseando y yo estaba un poco sofocada, el pañuelo me picaba… Se detuvo, y yo con él. Me puso la mano en el pañuelo, me miró a los ojos y suavemente me lo fue quitando mientras me decía, no lo necesitas… la verdad es que me dejé llevar! Reconozco que los primeros momentos fueron incómodos, como si me sintiera desnuda, pero también liberadores… me di cuenta que las miradas ya no eran tantas, o a lo mejor eran las mismas, pero la seguridad que sentía en ese momento gracias a la persona que tenía a mi lado hizo que me parecieran insignificantes.

Por eso aplaudo esta iniciativa. Por eso os cuento esta historia, mi historia. Porque me gustaría decir a esa gente que, día a día, no sólo se enfrentan a esa enfermedad, sino a las miradas de la gente, que los entiendo, pero que no están solos. Que no se oculten y se quiten las capas de ropa. Que no hagan como hice yo en su momento y se encierren en sí mismos. Que busquen ayuda, que hay gente que los puede y quiere ayudar… y para muestra, esta maravillosa campaña. Pero sobretodo, que nunca nunca “tiren la toalla”. Que hoy en día hay muchos tratamientos, solo tienen que encontrar el adecuado. Así que, por favor, no os quedéis sin hacer nada. Podéis encontrar toda la información en:
www.aclaralapsoriasis.org de Acción Psoriasis y en la web Tú cuentas mucho.

Solo puedo concluir diciendo que para mí ese día fue un antes y un después. A partir de ahí todo fue a mejor. Poco a poco los pañuelos se iban quedando en casa y no sé si debido a que le daba el aire a la cicatriz, la luz del sol, el agua del mar…. pero poco a poco empezó a mejorar, lo rojo empezó a desaparecer y la zona abultada cada vez iba a menos. Hoy en día a penas se nota.

Sé que mi problema de cicatrización es un problema de piel que no tiene cura, y cada vez que me quemo, que me hago una herida… aparece una nueva cicatriz con la que tener que batallar. De hecho ahora mismo, y después de casi tres años, sigo peleándome con la cicatriz de la cesárea. Aunque reconozco que esta es una pelea diferente. Posiblemente porque ya no soy esa adolescente coqueta de entonces, porque está en una zona menos accesible… pero sobretodo, porque esa cicatriz me recuerda lo que significa en mi vida, y por muy fea que sea, siempre me parecerá bonita.

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