Hoy me detengo un ratito a escribir, siempre me gusta despedir el año haciendo un pequeño balance, pero me encuentro que las palabras no salen, los dedos no encuentran las teclas… Y no porque no tenga nada que decir, más bien porque es difícil escribir aquello que no sabes ni cómo expresar. Un año complicado y muchos sentimientos para hacer balance fácilmente. Un año que no sabría muy bien como catalogar.

Si tuviese que elegir una palabra que me definiese este año, sin duda sería “bipolar”. Así es como me he sentido la mayor parte del tiempo y, a veces, me sigo sintiendo. 

Pasar de la alegría a la tristeza como del día a la noche. Pasar de maldecir a la vida por todos los golpes recibidos, golpes inesperados que tardan en cicatrizar, otros más esperados pero que igualmente duelen, a dar las gracias por objetivos cumplidos, por otros que acabas de empezar, porque miras a tu alrededor y a pesar de esos golpes, te sigues sintiendo afortunada. 

Pasar de ver cómo la sociedad se une ante un enemigo común, sentirte orgullosa, para luego dar paso a la decepción más grande, a la certeza de que las palabras se las lleva el viento y allí donde había esperanza de cambio, de un antes y un después, se queda en un espejismo ahora casi imperceptible. 

Pasar de un todo va a salir bien, un resistiré, un aplauso multitudinario, miradas a través de las ventanas a… cada uno que se busque la vida, a la trampa, al mientras no me pillen. Sin duda la confirmación (y la herencia) de una educación basada en el castigo donde hacer el bien, simplemente porque es lo correcto, no tiene cabida, no, si no es con multa de por medio, donde el que sigue las normas es el tonto de turno. Y aunque no es algo nuevo, las circunstancias son otras, y cuando lo que hacen los demás también te afecta a ti, a los tuyos, cuando están en juego vidas, familias, te sientes más tonta si cabe. 

Ahora, hoy, todo el mundo tiene las expectativas puestas en el 2021, como si cambiar de número fuese nuestro salvavidas, lo cual entiendo perfectamente, estaría mintiendo si dijese que yo no lo deseo también, lo deseo tanto, pero sinceramente creo que el cambio no depende solo de un número. El cambio depende de nosotros y a veces lo veo taaaaan lejano. Hay días que me encuentro afirmando, “si una pandemia no nos ha cambiado como sociedad, ya nada lo hará”, y hay otros en los que me levanto con energías renovadas y no pierdo la esperanza. 

Bipolar… lo que yo os decía!! 

Sea como sea, lo que sí tengo claro es que mi esperanza de cambio está puesta en todos esos niños que este año nos han dado una lección impresionante. Se les pide a los niños que se comporten como adultos y nos olvidamos de que no podemos pedirle eso por la sencilla razón de que no lo son, pero y cuando siendo niños y actuando como niños, lo hacen mejor que los adultos? Que decimos a eso? A lo mejor es hora de empezar a tenerlos más en cuenta y tratarlos como se merecen. Ahí es donde yo seguiré esforzándome y aportando mi granito de arena.

En fin, creo que el 2020 quedará grabado en la memoria de todo el mundo, cada uno con sus circunstancias particulares, con sus tristezas y alegrías, con sus momentos malos, buenos, pésimos, extraordinarios… con un nombre en común COVID-19 y con la certeza de que la vida sigue. Ojalá, y este es mi deseo, el 2021 no haga bomba de humo abrumado por todo lo que se le viene encima, porque yo en su lugar estaría muerto de miedo. No quiero un 2021 que pase sin pena ni gloria, quiero un 2021 cargado de fuerza y valor, que entre con paso firme porque… te esperamos con los brazos abiertos, con heridas por curar, con ilusiones y esperanzas renovadas, pero sobretodo, con la incertidumbre de lo que nos depararás.

Bienvenido!! 

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