Mami -me pregunta papá- qué quieres de regalo para el día de la madre?

Para el día de la madre? -respondo sorprendida-

Pues sí, por muy increíble que pueda parecer, y a pesar de que al pequeño de la casa, le queda poco para cumplir los tres añitos, aún tengo lapsus momentáneos donde se me olvida que soy madre. Si es que aún me parece que fue ayer cuando el peque llegó a nuestras vidas para ponerla patas arriba!!

Echo la vista atrás y aún se me estremece el cuerpo al recordar los primeros momentos y días. Fueron tantas sensaciones juntas!!

Recuerdo como, ante todo pronóstico, me invadió una tranquilidad asombrosa con la llegada de las contracciones. A día de hoy, aún me sorprendo recordándome sentada en la cama, mirando el reloj, controlando los minutos y segundos de cada una de ellas… hasta que llegó el momento de marchar.

Recuerdo esa sensación de miedo cuando, después de un duro trabajo de parto, me comunicaron que me tenían que practicar una cesárea. Mismo momento en el que apareció por primera vez el sentimiento de culpa. Y digo por primera vez, porque por desgracia el sentimiento de culpa nos visita de vez en cuando, mucho más de lo que nos gustaría, para hacernos a las madres la vida más complicada. Pero en esta ocasión era una culpa irracional, culpa de no haber podido hacer más, cuando realmente en ese momento no das el cien por cien, sino el doscientos por cien… Qué más podía hacer?

Recuerdo el frío del quirófano. Como se me erizó la piel al escuchar el llanto de mi niño. De repente me vi sumida en un mar de lágrimas. Lágrimas sin duda de alivio, de desahogo, de euforia… pero sobretodo de felicidad.

Recuerdo el tacto de su piel húmeda sobre la mía. Como al contacto el uno del otro nuestros lloros se fueron apaciguando. En ese momento todo el bullicio que nos rodeaba, desapareció. Estábamos solos en una sala llena de médicos. Esa sensación de calma, de paz… como deseé detener el tiempo en ese preciso instante, mientras escuchaba el latir de su corazón contra mi pecho. Por fin, sin ningún artilugio de por medio.

Recuerdo con una nostalgia abrumadora ese primer momento de darle el pecho. Ojalá hubiese sido siempre como esa primera vez. A día de hoy aún siento culpa, sí… otra vez esa puñetera. Culpa por tener que desistir a las pocas semanas de la lactancia materna. Es una pelea emocional interna que nunca llegas a superar. Por suerte, me queda el recuerdo de muchas noches, noches de darle el pecho, de notar su boca calentita, de quedarnos dormidos abrazados y despertarme con esa boquita buscando su consuelo. El vínculo que se crea  en esos momentos es indescriptible. Y es que mientras lo escribo, no puedo evitar estremecerme de nuevo.

Recuerdo con alegría la vuelta a casa. Al fin solos, en la intimidad de nuestro hogar. Abrir la puerta y darte cuenta de que esa casa que dejaste hace unos días, ya nunca volverá a ser como antes.

Recuerdo como los primeros días vives en una nube, sin ser consciente todavía de la realidad… Realidad que se va haciendo visible con el pasar de los días. Es entonces cuando te das cuenta de que la maternidad también tiene su lado oscuro. No todo es felicidad, risas y alegrías. El cansancio se apodera de tu cuerpo, la falta de sueño, el miedo, la frustración, el dolor, las dudas… y cuando crees que no puedes más… aparece la superación. Esa que hace que ante cualquier situación saques fuerzas, de donde no las hay, para seguir adelante. Que dejes atrás cualquier miedo y sigas ese instinto de madre que te va guiando en el camino.

Y es que después de estos casi tres años… me he dado cuenta de que ser madre, con sus cosas buenas y sus cosas malas, no es sólo lo mejor que me ha pasado. Es fascinante!!

Así que papá, en respuesta a tu pregunta, no necesito que me regales nada… porque el mejor regalo que podía tener, ya lo tengo… ser madre!

PD: Pero que si te hace ilusión un bono para un spa con masaje…no me venía mal. 😉

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