Solo hace falta escribir en Twitter pidiendo consejo sobre que hacer ante un mal comportamiento de un peque o, echar toda una tarde en el parque más concurrido de la ciudad, para ver como las amenazas, chantajes o castigos siguen estando a la orden del día.

Y es que a pesar de que la neurociencia y los psicólogos infantiles reafirmen, cada vez más, que los castigos, amenazas y chantajes no son educativos, al contrario, son contraproducentes a largo plazo, sigue siendo muy difícil deshacerse de lo heredado. “Se hizo así toda la vida y no salimos tan mal”. Verdad? A lo mejor habría que preguntarle a los psicológos cuantos pacientes jóvenes, adolescentes e incluso adultos tienen para tratar temas de autoestima, de falta de pertenencia, de carencias para gestionar situaciones o emociones relacionadas con la educación recibida, pero hoy no voy a entrar a valorar eso.

Solo me gustaría decir, que el cambio es posible. No es fácil, pero se puede. Si se quiere, se puede. Reeducándonos para darles y darnos lo mejor. Me resulta increíble ver cómo les exigimos a los peques que corrijan determinadas conductas, cuando ellos no tienen la capacidad ni las herramientas para hacerlo. Y nosotros, que sí que las tenemos, nos conformamos y nos rendimos antes de intentarlo. Tiene coherencia? Para mí, no. Es como el que le dice a su peque que no grite y lo hace precisamente gritando.

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