Hace unos días nos confirmaron que el peque tenía ambliopía, comúnmente conocido como “ojo vago”. Sin embargo, si os soy sincera, me lo esperaba. Y ya no solo por el hecho de tenerlo yo y saber que podía heredarlo. Sino por pequeños gestos. Gestos que para los demás podían pasar desapercibidos, como inclinar ligeramente la cabeza al estar viendo la tele, pero que para mí, eran pequeñas señales.

Qué es la ampliopía?

La Sociedad Española de Oftalmología define la ambliopía como la disminución de la agudeza visual de origen funcional. Aparece cuando la imagen que le llega al cerebro de uno o los dos ojos es borrosa. El cerebro entonces no aprende a ver de forma clara, por lo que decide desconectar la información de ese ojo.

Explicado de otra manera, el cerebro para ver de manera clara necesita que la visión de los dos ojos esté coordinada. Cuando no lo están, el cerebro lo que hace es desechar la imagen borrosa y quedarse con la más clara. Esto hace que el ojo de la imagen desechada vaya perdiendo poco a poco su funcionalidad. Este ojo es al que se le denominará “ojo vago” y será el que tendremos que ejercitar mediante gafas y oclusión ocular del otro ojo, mediante un parche, para que pueda recuperar su función.

Las causas del ojo vago pueden venir derivadas por un estrabismo, párpado caído, cataratas congénitas… pero la gran mayoría, están provocados por una diferencia de graduación óptica entre los dos ojos. Uno de los dos ojos es más miope, hipermétrope o astigmático que el otro, es la que se conoce como ambliopía anisometrópica.

Desde que nació el peque, no recuerdo a cuántos médicos ni cuántas veces, cada vez que tenía ocasión, les pregunté cuando podríamos hacerle la primera valoración de la visión para saber si tenía ojo vago, pero puedo asegurar que muchas. Todos, sin excepción, me dijeron que la primera valoración se hacía normalmente a partir de los cuatro años. Pues que sepáis que no es del todo cierto. Según la propia asociación española de oftalmología y como después me confirmaría el médico especialista que nos trató, a partir de los tres años ya se puede acudir a la primera revisión oftalmológica. Es más, no es que se pueda, es que se debe.

Sabíais que la ambliopía es el problema de visión más común en niños?

Lo padece un 3% de la población en edad escolar. Y sin embargo, también es uno de los problemas más difíciles de detectar, no solo por padres y profesores, sino también por los propios niños. Por eso el motivo de este post, para concienciar a todos los padres de la importancia de realizarle un estudio o valoración de la visión a sus peques según cumplan los tres años. Por qué? Pues porque normalmente, y a menos que le detectemos algún problema en los ojos, no solemos llevar a los niños pequeños al oftalmólogo. Un error si tenemos en cuenta que una detección precoz del diagnóstico va a marcar la diferencia del éxito en el tratamiento. De manera que si el tratamiento se aplica cuanto antes, la recuperación de la visión puede llegar a ser total, mientras que si se detecta tarde, la pérdida de visión puede ser permanente e irreversible. Esto se debe a que sobre los nueve años el sistema visual ya está completamente desarrollado y, por lo tanto, es muy difícil que se pueda cambiar. De ahí, insisto, en la importancia de una detección precoz.

Por eso, cuando vi el post de una mamá sin red, hablando de la primera visita con su peque al oftalmólogo antes de cumplir los cuatro años, no me lo pensé dos veces, ya había esperado demasiado. Cogí el teléfono y en ese mismo momento llamé a una clínica de ojos especializada. Le expliqué que tenía un niño de tres años y medio, que yo tenía ojo vago y sabía que había posibilidades de que lo heredara. También le comenté que le veía algún gesto que me hacía sospechar de que podía ser así… me dio cita para esa misma semana.

Cuando crucé la puerta de la consulta estaba atacada. En parte, no quería que mi niño reviviera lo que había vivido yo. Aunque era consciente de que había una diferencia, una gran diferencia, yo entonces tenía seis años. Aún así al verlo allí en la silla, mirando para el panel de dibujos, contestando a cada dibujo que la doctora le señalaba, un avión, un pájaro, un coche… me vi a mí, años atrás, en una sala como esta pero más pequeña y fría, posiblemente por los colores. Aún recuerdo esa sensación de no saber que estaba pasando cuando me taparon el ojo bueno, como le llamo yo, y de repente, ver como todo se volvía borroso. Recuerdo a la doctora preguntarme hacia qué lado estaban abiertos los cuadraditos, y yo, quedarme paralizada, sin saber que responder, porque lo único que alcanzaba a ver eran unos borrones negros. Recuerdo a mi madre que estaba a mi izquierda preguntarme que me pasaba, que por qué no le contestaba a la doctora y, la verdad es, que no podía. Creo que todos tardamos un rato en darnos cuenta de lo que pasaba, o a lo mejor fueron simplemente unos segundos, pero para mí unos segundos muy largos. Lo siguiente que recuerdo es llegar al cole con mis gafas doradas y un parche marrón. Es pensarlo y sacudir la cabeza para que ese pensamiento desaparezca y, al mismo tiempo que lo hago, alcanzo a ver cómo le tapan el ojo derecho a mi peque y, automáticamente, aparta la cabeza. Creo que no hacía falta decir nada más.

Bueno sí, quiero decir… que estoy orgullosa de mi niño. Orgullosa de ver lo bien que se portó, lo bien que colaboró en todo momento con los doctores. Como fue siguiendo paso a paso las indicaciones de ellos, sin protestar ni una sola vez, ni siquiera en las dos veces que le echaron las gotas para dilatarle las pupilas. Me sigue sorprendiendo lo bien que supo reaccionar, mucho mejor que yo a mis seis años.

Sí, me lo esperaba, pero de todas formas el diagnóstico me cayó como un jarro de agua fría. No nos engañemos. Me sentí, responsable, o mejor dicho, culpable. Maldita genética!!

Y ahora qué?

Ahora toca enfrentarse a la nueva realidad.

Y la nueva realidad es que el peque va a tener que usar gafas durante una temporada. Sí, de momento solo gafas. En unos meses habrá que valorar de nuevo con los doctores la situación. Si la visión del “ojo vago” ha mejorado, continuaremos por ese camino. Si por el contrario, se observa que no hubo mejoría, entonces habrá que recurrir, además de a las gafas, a la oclusión ocular mediante parche del “ojo bueno”. Sea como sea, sé que el haberlo detectado tan pronto juega a nuestro favor. Por eso, vuelvo a insistir, a pesar de resultar pesada, la importancia de realizarle un estudio de la vista a vuestros peques tan pronto cumplan los tres años. En mi caso, me lo detectaron gracias a una revisión médica del colegio, con seis años cumplidos, solo un año más habría sido suficiente para quedarme ciega del ojo.

La búsqueda de gafas

Esto es otra historia. Solo os diré que encontrarle gafas al peque ha resultado ser toda una odisea. Pero mejor os lo cuento en el próximo post.

 

Y vuestros peques?? Ya los llevasteis a la primera revisión oftalmológica??

 

 

 

 

 

 

 

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