Hace unas horas, en la oscuridad de la noche, a solas, sentada en mi sofá. Con el aroma a regaliz de la infusión caliente que sostengo entre mis manos y, la mirada perdida en el parpadeo de las luces del árbol de Navidad, pensaba… pensaba en lo que ha supuesto el 2019 para mí.

Pensaba en lo afortunada que me sentía en ese preciso momento. Y no solo por la familia que tengo, o la que encontré al otro lado de la pantalla, de las teclas… por la suerte de este año no haber perdido a nadie en el camino… sino también por haber tenido la oportunidad de reencontrarme, por fin, conmigo misma. Oportunidad que me ha brindado la disciplina positiva

Y diréis, que tiene que ver la disciplina positiva en todo esto?

Pues… TODO.

El año pasado, por estas fechas, me despedía del año con un deseo. El deseo de una educación responsable. Ya que, como os cuento en ese post, a raíz de ser madre me di cuenta que mi forma de pensar, de educar… chocaba mucho con lo que había visto (y sigo viendo), con lo aprendido y lo heredado… me di cuenta que los «así se hizo toda la vida» se me atragantaban e incluso en ocasiones me parecían la excusa para buscar el camino más fácil… que los cachetes, los castigos, los gritos, las amenazas… no comulgaban conmigo ni con lo que quería para nuestra familia. No entendía la educación como sinónimo de hacer sentir mal para, precisamente, corregir una mala conducta o un mal comportamiento… pero tampoco conocía otra cosa y, entonces… busqué. Busqué y encontré. Encontré la disciplina positiva. Una manera de educar con firmeza y cariño. Desde la comunicación, el amor, el entendimiento y la empatía. Basada en el respeto mutuo y la colaboración.

Y empecé a leer y me empecé a reconocer en lo que leía. Me empecé a encontrar y entonces decidí que no podía parar. Y decidí estudiar, formarme… y a medida que avanzaba me di cuenta de todo lo que la disciplina suponía y, estaba suponiendo para mí y para los míos. Lo que empezó siendo una manera de educar, se convirtió en mucho, muchísimo más. Porque la disciplina positiva, en definitiva, es un estilo de vida. Es el cambio que se produce dentro de ti.

Y entonces, reafirmé la importancia de la empatía, de acompañar… de sentirse capaz, de pertenecer… del poder de validar los sentimientos, de las palabras… pero, sobretodo, lo que suponía la carencia de todo eso. La disciplina positiva no solo me estaba enseñando herramientas nuevas como madre, como persona, como amiga, como pareja… sino que me sirvió para reencontrarme con heridas que pensé que ya no existían pero estaban ahí, enquistadas. Heridas que aparentemente no hacían daño pero seguían lastimando. La disciplina positiva me hizo ver más allá, me hizo entender muchas cosas, pero sobretodo me enseñó a no buscar culpables, ni consecuencias… solo soluciones.

Por eso, cuando pienso en lo que ha supuesto el 2019 para mí, solo puedo dar gracias por haber seguido mi instinto, por no conformarme. Por haber buscado y haber encontrado. Puede que el camino sea largo y solitario, con claros y oscuros… pero lo que sí tengo claro es que ahora cada paso que dé será con paso firme, con la seguridad de que lo estoy haciendo bien, con la certeza de que ahora estoy en el camino correcto… mi camino.

Por eso, gracias. Gracias 2019. Cuando el año pasado te pedí mi deseo, ya sabía lo que quería, tú me has permitido encontrar la manera de conseguirlo.

Ahora le pido al 2020 seguir aprendiendo para continuar este camino.

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