No sabría decir cuando empezaron realmente los problemas del peque para comer, pero juraría que fue prácticamente desde que nació. Lo que sigo sin saber a día de hoy es si un niño puede nacer “mal comedor” o lo hacemos “mal comedor”.

Cuando nació el peque tenía claro que quería darle el pecho, sin embargo con la lactancia materna no ganaba peso, no sabía cuál era el problema.  Las visitas a pediatría para control de peso eran semanales, hasta que en una de ellas me dijeron que si seguía sin subir de peso lo tendrían que ingresar. Palabras que se grabaron a fuego en mi memoria y que provocaron que a partir de ahí, todo fuera a peor.

Entre el temor a que lo ingresaran y problemas que empecé a tener con la lactancia materna, decidí dejar de darle el pecho y pasar a la lactancia artificial. Tendría tres meses más o menos. Al poco de empezar con la lactancia artificial el peque empezó a rechazar el biberón. Nunca se terminaba las tomas, a veces quedaba más de la mitad. Al comentárselo a su pediatra en las revisiones periódicas que teníamos de control de peso, empezó una odisea. Primero nos decían que eran gases, por lo que nos recomendaron una leche artificial digestiva, pero no hubo mejora. Luego llegaron los probióticos, más tarde la leche hidrolizada… el tiempo pasaba y el peque no solo no  mejoraba sino que íbamos a peor.

Llegamos al punto de que se despertaba para comer y al darle el biberón, literalmente me lo empujaba con las manos, no quería saber nada. Tenía que volverlo a dormir para así conseguir que tomara el biberón medio dormido. Aún así, eran muy pocas las veces donde conseguía que se tomara el biberón entero, siempre quedaba la mitad o algo menos de la mitad (cuando no quedaba entero). Y estamos hablando de cantidades bastante por debajo de las que le correspondían para su tiempo. Y sí, también era consciente de que cada niño es diferente y las cantidades varían en función del niño. Pero cuando estás tan preocupada porque el niño suba de peso, cuando vienen visitas a casa y se extrañan de lo poco que toma en comparación a los suyos, cuando en las revisiones de control de peso te preguntan una y otra vez cuantas tomas hace y la cantidad, y te dicen que hay que intentar que tome más, pensar en que cada niño es diferente ya no tiene sentido.

Por desesperación acudimos a otro pediatra. Y suerte que lo hicimos, porque según le expliqué lo que nos pasaba me dijo que el peque tenía reflujo. Yo le dije que no vomitaba nunca la leche, que como podía ser. A lo que me respondió que no tenía nada que ver. Que hay niños que tienen reflujo y no necesariamente vomitan. De echo, los niños que no vomitan, son los que llevan a confusión y se les acaba detectando tarde. Nos recetó ranitidina. A la semana de empezar notamos mejoría, a las dos semanas empezamos a ver la luz. Ya no rechazaba los biberones. Sin embargo tuvimos que seguir con la ranitidina bastante tiempo y nunca llegamos a pillar el ritmo que habíamos perdido, bueno, realmente nunca lo habíamos llegado a pillar. El caso es que seguía quedando algún que otro biberón sin terminar, pero no me preocupaba. Después de ver cómo los biberones enteros se iban fregadero abajo, verlo comer aunque fuera una cantidad menor a la que me decían que le correspondía, o que le sobrara solo un poco, ya era un milagro.

Aún así, al ver que seguía muy bajo de peso la preocupación volvía. Tenía miedo que fuera culpa mía. Sabía que aunque intentaba evitarlo, cada vez que llegaba la hora del biberón me ponía tensa, temía que el peque lo percibiera y le pudiese afectar. Porque eso también pasa, ellos se dan cuenta de todo. Pero no, con papi pasaba igual. Pasaba con todo el mundo, incluso en la escuela infantil. Allí también les preocupaba su delgadez y me preguntaban.

Las visitas al pediatra por el tema del peso seguían siendo constantes. Hasta que llegó el momento cereales, para engordar, así tal cual me lo dijo el pediatra. La función de los cereales no es alimentar, es engordar. Salí de allí directa a la farmacia a comprar los mejores cereales. Iba feliz pensando, “que bien, ahora con los cereales va a ganar peso y podremos estar más tranquilos. Podré estar más tranquila”.  Pero estaba equivocada. Rechazo absoluto a los cereales. En papilla no quería saber nada de nada, mezclados con la leche solo podía echarle una o dos cucharadas, si echaba más ya no quería saber nada. Así que tenía que procurar no espesarle mucho la leche. Probé todo tipo de cereales y sabores. Nada.

Siguiente paso, adelantarle las papillas. Siguiente recomendación del pediatra. Primero, para ayudarle con el reflujo, ya que al ser más sólido no se produce tanto reflujo y, segundo, para ganar peso. De manera que antes de hacer los seis meses ya estábamos empezando con la compota de manzana. En este sentido tengo que decir que le costó arrancar, creo que como a la mayoría de niños, pero las papillas de frutas se acabaron convirtiendo en mi flotador salvavidas. Le gustaban!! Parece que ahora sí que había luz al final del túnel.

A las papillas de frutas les empecé a agregar galletas o cereales y así, junto con los biberones, que seguían siendo de poca cantidad para lo que le correspondía, o eso me decían, fuimos tirando.

Hasta que llegó el añito. Peso 7,320 Kg. Llega el momento de empezar con la comida. En esta ocasión no tuve tanta suerte. No quería saber nada de verduras, luego nada de pescado, luego nada de carne… no quería saber nada de nada. El día que conseguía que comiera más de dos bocados, era un milagro. Pensé que podrían ser las papillas que yo le hacía que no le gustaban y decidí probar con los potitos de farmacia, pero el resultado era el mismo. Así que nada, lo único que podía hacer era resignarme e intentarlo de nuevo al día siguiente. Pero entonces empezaron a llegar las opiniones, las críticas… ahora más acusadas debido a la delgadez marcada del peque, y mi paciencia era infinita, pero reconozco que a veces acababa agotada anímicamente. Y sí, lloré, lloré mucho. No sabía que hacía mal. No sabía cómo podía solucionarlo. No tomaba la cantidad de leche recomendada ni por asomo, no tomaba la comida, mi único consuelo seguían siendo las papillas de frutas con cereales.

Un día el peque se levantó con resfriado y acudimos al pediatra. Malditos resfriados que cuando conseguía ganar algo de peso aparecían para dar por saco.  Su pediatra no estaba y nos atendió la de guardia. Según lo desvestimos y se lo quedó mirando, sentenció:

“este niño está muy delgado, no tiene la masa muscular que le corresponde para su edad, le estáis siguiendo un control de peso?”

En serio? No me lo podía creer. Si nos pasábamos media vida en el pediatra precisamente por las revisiones de peso. Se me vino el mundo encima.

La desesperación acabó haciendo acto de presencia, ya no podía frenarla por más tiempo, y entonces acabé recurriendo a lo fácil. A lo que había leído en muchos libros que no se debía hacer, y recurrí a la distracción. Le empecé a poner dibujos en la tablet, a darle juguetes para entretenerse y como si de un robot se tratase empezó a comer cucharada tras cucharada. Y a pesar de que era consciente de que lo estaba haciendo mal, me consolaba pensando que lo hacía por el bien de mi hijo, porque al menos estaba comiendo. Lo que no sabía es que como dice el refrán “era pan para hoy y hambre para mañana”. Y en este caso, nunca mejor dicho.

Llegó un momento que ni con tablet, ni juguetes, ni canciones… no quería saber nada de la comida. Hasta el punto de que si la tocaba con la mano y se manchaba, lloraba. Qué estaba pasando? Me encontraba de nuevo en el punto de partida, pero con la diferencia de que mi único as de la baraja se había esfumado.

Y no solo eso, habíamos caído en el error de las etiquetas. Porque aunque no me gustase, aunque no quisiese… el peque ya tenía la etiqueta de “mal comedor”. Etiqueta que sigue conservando a día de hoy y que posiblemente ya le quede para siempre.

Agotada física y mentalmente. Desesperada, enfada conmigo misma por no saber que hacer. Por no reconocer el problema para poder solucionarlo, decidí meterlo en el comedor de la escuela infantil. Necesitaba un descanso. Y a lo mejor nos venía bien tanto a él cómo a mí.  Hablé con la profe y me dijo que sin ningún problema. Seguro que al ver a otros niños, por imitación empieza a comer mejor, me dijo. Lo que no contaba es que la profe también se iba a ver desbordada. Habíamos acordado que nada de obligarlo, o insistir en exceso. Creo que no es necesario ni decirlo, es la primera regla básica a la hora de darle de comer a un niño si queremos que las cosas marchen bien. Pero lo había leído tantas veces en los libros a los que había recurrido mil veces, que me pareció importante comentarlo. Le dije que sino comía, que le diera biberón.

Primero empezó a haber desacuerdos, que si no comía y luego le daba biberón ya no iba a querer comer porque iba a preferir el biberón. Que era mejor no dárselo. Vale, acepto. Luego que si había que estar calentándole la comida porque según enfriaba ya no quería saber nada, que tenía que evitar hacerlo en casa. Vale, así haremos… etc, etc.

El caso es que en casa, los fines de semana (que era los únicos días que comía en casa) a la hora de comer cada vez se ponía más nervioso. Según le ponía el plato delante se incomodaba mucho. De eso pasamos a que no solo se incomodara sino que llorara y, para mi sorpresa, se tirara del pelo.  Me quede paralizada. Esto era nuevo, que había pasado?

Hablé con la profe. Me dijo que seguía comiendo muy mal, no era una sorpresa, eso ya lo sabía porque todos los días al recogerlo le preguntaba. De hecho la propia profe me había reconocido hace poco que también recurría a la tablet, a cantarle… Incluso me llegó a decir si había llevado al peque a un médico porque podía tener anorexia nerviosa, que había conocido un caso de un niño que la tenía… que en 16 años de profesión nunca había tenido un caso como el de mi peque y… y mientras hablaba yo solo pensaba que no podía ser verdad. Estamos hablando de un niño de a penas año y medio, no creo que sea el único en el mundo que no le guste comer.

Sí, como dije antes la profe también se vio desbordada. Sin embargo lo que no me imaginaba, ni me esperaba, es presenciar la escena que presencié, cuando pocos días después llegué a recoger al peque un poco antes de su hora. Entré en la escuela infantil y a través de la ventana de la puerta de su aula pude ver como la profe le metía la cucharada de comida en la boca mientras este lloraba desconsolado y se tiraba del pelo.

No puedo explicar lo que me pasó. Me quedé totalmente paralizada. Cualquier madre en ese momento habría atravesado la puerta echando demonios y se habría llevado al niño de allí. Le habría llamado la atención o dicho cuatro cosas. Pero yo no lo hice, no se porque no lo hice. Me arrepiento día tras día de no haberlo hecho. Me avergüenzo de no haberlo hecho. Tanto, que hasta cuando he hablado del tema con alguien he afirmado haberle montado el pollo. Porque es lo que todo el mundo espera que una madre en esa situación hubiese hecho, pero… hoy no voy a esconderme, no vengo a engañar a nadie.

Es increíble como el miedo nos hace cobardes. Miedo a verme con el peque sin escuela infantil y sin tener con quien dejarlo, miedo a represalias para con el peque… cobarde es lo que fui, porque siento que no lo protegí, no lo defendí.

Me quedé tras la puerta y al salir la profe para entregarme al niño le dije que habíamos decidido que ya no se iba a quedar más a comer allí, algo que de todas formas ya llevábamos algún tiempo barajando. Lo único que vi en ella fue alivio. Salí de allí derrotada. Si hubiese podido no habría vuelto. Incluso miramos otras escuelas infantiles privadas para sacarlo de allí. Y aunque en un principio estábamos dispuestos a pagar lo que fuera, la realidad es que el presupuesto no se ajustaba a lo que nos podíamos permitir. Así que me aferré al consuelo de que a penas quedaban un par de meses para acabar ese curso y empezar otro con otra profe. Me aferré al consuelo de que la escuela infantil era buena, no tenía queja en ningún otro sentido, tampoco con la profe en cuestión.

Esa tarde me la pase abrazada al peque. Le pedí perdón miles y miles de veces, aunque sé que esa culpa me quedará ya de por vida.

En ese momento empezó un arduo trabajo para conseguir que el peque no llorara ni se tirara del pelo al ponerle el plato de comida delante. Así que tirando de cariño y mucha mucha mucha paciencia poco a poco fuimos consiguiendo que dejara de hacerlo. Me daba igual que no probara bocado. Por primera vez era lo que menos me importaba, solo quería que fuese capaz de estar con el plato de comida delante de él, sin ponerse nervioso, sin llorar y sin tirarse del pelo. Finalmente lo conseguimos.

Sin darnos cuenta llegó su segundo cumpleaños. Y seguíamos igual, la única diferencia es que habíamos dejado el chupete, el biberón y ahora la comida era entera y la leche la tomaba en vaso. Por lo demás no habíamos avanzado nada, su comida diaria consistía en dos vasos de leche, ahora en vez de papillas de frutas, era una fruta y un yogur, y si ese día había suerte, algo de comida. Ah sí, y unas vitaminas que le había dado el pediatra en una de las visitas rutinarias de control de peso que seguíamos teniendo, porque eso tampoco había cambiado.

El peso (9,450 Kg) ahora ya convertido en una obsesión para mí, seguía bajo mínimos. Llegó el momento de hacer analítica y aunque en principio parecía estar bien, había que seguir con las vitaminas.

Las palabras anorexia nerviosa retumbaban en mi cabeza junto con los cientos de opiniones, críticas y consejos de familia y amigos. Y aquí hago un inciso porque en consejos os podría dar un máster de todos los que recibí:

  • lo que no coma pónselo a la merienda, y sino a la cena.
  • Si no lo come hazle otra cosa.
  • Échale azúcar para que le sepa mejor.
  • No le des nada hasta que te lo pida.
  • Que mal tiene que coma galletas y dulces, por lo menos come algo.
  • …….

El tema es que como no dejaba de darle vueltas busqué un médico especializado en nutrición infantil. Lo pesó, lo midió, revisó la analítica que le habían hecho hace poco. Y salí de allí con las instrucciones de tener que anotar todo lo que comía al día durante una semana, TODO, y luego volver. No le debió gustar mucho lo que vio y su recomendación fue empezar a darle unas gotas. Era muy importante que le diera la medida exacta cada día, ya que había que empezar con muy poco e ir incrementando con los días, y también era importante dárselas por la noche porque producían somnolencia. Cuando le pregunté que eran esas gotas me dijo que era una medicación que cambiaría la conducta del niño y que con ellas empezaría a comer. No entendía nada. Me está usted diciendo, que yo salgo de aquí, le empiezo a dar estas gotas y por arte de magia el niño va a empezar a comer? La respuesta fue rotunda, sí.

Para cualquier madre o padre en mi situación podría verlo como la solución al problema, como el principio de una victoria totalmente impredecible. Pero para mí por muy tentador que resultara, salí de allí sabiendo que no se las iba a dar. Que yo no quería cambiar la conducta de mi niño. Pedí cita para ese mismo día con mi pediatra de siempre, el que siempre me ha tranquilizado y me ha devuelto a la realidad cuando el miedo se ha apoderado de mí. Y al igual que de las otras veces, me dio un discurso tranquilizador, me devolvió de nuevo a la realidad. Y la realidad es que mi niño es un niño sano. Bajo de peso, sí. Que no le gusta comer, también. Pero sano, activo… y muy inquieto. No tiene anorexia, no tiene ningún problema que el tiempo no vaya a solucionar. Hay niños que consideran que comer es secundario, ellos quieren jugar, explorar, descubrir… en sus cabezas sentarse a la mesa para comer es una pérdida de tiempo. Son niños que con poca cantidad se sienten saciados, y por lo tanto pierden el interés por la comida muy rápido. Pero con el tiempo eso cambiará. Como padres es decisión vuestra el darle esas gotas o no, pero yo no veo ninguna señal alarmante en el niño como para tener que recurrir a ellas. Hablamos largo y tendido y salí de allí con la recomendación de ofrecerle comida más a menudo, o incluso tener un plato con algo de comida siempre a su alcance, para que por iniciativa propia, si le apetece, coma. También me dijo que lo mejor que podíamos hacer era meterlo en el comedor de la escuela infantil.

E iba todo bien hasta que escuché esas palabras. Fue pensarlo y un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Le expliqué lo que había pasado, por lo que habíamos pasado, y me dijo que ahí el problema había sido la profesora que no actuó bien, pero que al peque le iba a venir bien comer con otros niños. Que si hacía falta cambiara de escuela. Sin embargo, no sería necesario. Lo pensé mucho, en casa lo discutimos bastante. Y tomamos la decisión de volver a probar. Por un lado porque este año ya no comería en su aula como hacían en años anteriores, con los niños más pequeños, sino que comería en el comedor grande con todos los niños. Por otro lado porque la profe que iba a tener ya la conocía del primer año del peque en la escuela infantil, cuando era un bebe, y me daba mucha confianza. Así que me reuní con ella, hablamos claro y, decidimos intentarlo.

Me costó mucho. Horrores. Sin embargo, ahora puedo decir que no me arrepiento de haberlo hecho. Poco a poco conseguimos, bueno, más bien la profe, consiguió que empezara a comer. Aunque fuera poca cantidad, daba igual. Pero consiguió que probara la comida y además que comiera solito. Por desgracia, lo que hace en el cole se queda en el cole. Y en casa seguíamos igual. Aunque ahora tenía el consuelo de que por lo menos comía por semana. No me lo podía creer. Y tan increíble me parecía que hasta vídeos me grababa la pobre para que pudiera creérmelo. Y allí estaba, en su mesa, con sus compis, comiendo él solito.

Habíamos avanzado un montón y me daba miedo cuando llegase el cambio al cole de mayores, como le decimos nosotros. Pero tenía claro que lo apuntaría al comedor. Por lo menos al principio, hasta ver si las cosas seguían avanzando o no. Por eso uno de los requisitos a la hora de buscar cole fue que tuviera comedor, y que este no fuera catering, sino comida de calidad, hecha allí con productos frescos. Que los menús fueran variados y tuvieran de todo.

Por suerte puedo decir, que no llegó el temido retroceso. Hay días que come más que otros, comidas que le gustan más que otras. Pero eso es lo normal. También tuve mucha suerte con la encargada que le tocó porque supo tener mucha mano con él. Nunca le obligó… porque ahora sé que por muy raro que pueda parecer, se sigue haciendo más de lo que podamos pensar. Si un día comía poco o no comía, me lo decía y listo. Sin mayor problema, sin represalias, ni castigos, ni amenazas. Como debe ser.

En casa, a día de hoy, hemos notado mucha mejoría, aunque sigue siendo completamente diferente que en el cole. En el cole no se levanta de la silla para comer, en casa sí. En el cole come solo, en casa hay días que no hay manera y al final acabo siempre ayudándole yo. Y la verdad es que en esos casos no se que debo hacer. Si debo dejar de darle yo aunque eso suponga que quede sin comer para que vea que no le queda más remedio que hacerlo él. Si seguir haciendo como hasta ahora y confiando en que es cuestión de tiempo que lo acabe haciendo él solo, como en el cole.

Mi deseo es que llegue el día donde nos podamos sentar a la mesa y disfrutar de una comida en familia. Sin estar pendiente de lo que come o lo que no. Sin tener que pensar en disciplina positiva o en premiarle con llevarle al parque si come cinco bocados más. Mi felicidad es escucharle decir, mamá esto está muy rico, me gusta mucho. Ya no te digo nada cuando me dice, quiero más. En esos momentos aplaudo con todo el cuerpo. Y la fiesta que hago es tan grande que hasta se parte de la risa. Veo a otros niños disfrutando de la comida y daría lo que fuera por ver al mío hacer lo mismo.

Y el peso? Qué puedo decir! El peso sigue siendo una preocupación. Con 4 años estamos en 12 kg. Lo llevo mejor? Sí, pero sigue estando ahí. Seguimos con revisiones periódicas para control de peso. La última recomendación del pediatra fue complementar las comidas con pediasure. Un complemento cuya finalidad es exclusivamente que suba de peso.  Pero adivináis qué… no le gusta. Ningún sabor, ni el de chocolate. La única manera que tengo para que consiga tomar un poco es echárselo en la leche (otra vez). Que paciencia señor, que paciencia… Y aún la que voy a necesitar. Porque hemos avanzado mucho pero aún nos queda un largo recorrido.

Y digo nos queda porque reconozco que sobretodo yo tengo mucho que hacer. No puedo cambiar nada de lo que nos ha llevado a donde estamos. Ojalá pudiera retroceder. Hubiese hecho las cosas de mil formas diferentes, pero no puedo (tampoco sé si haciéndolo de otra manera nos hubiese llevado al mismo destino o no). Ojalá hubiese encontrado respuestas en todos los libros que leí y daban consejos para que un niño coma bien. Pero en esos libros no te dicen que hacer cuando las cosas se tuercen.

Soy consciente de que mi caso es un caso especial. Y en los libros no puede haber una solución para cada caso. Pero mi experiencia me sirvió para darme cuenta de que somos muchos los padres y madres que estamos en la misma situación. Somos muchos los que no encontramos respuestas y que nos sentimos incomprendidos. Que día tras día tenemos que escuchar que somos unos exagerados, que hoy en día nadie se muere de hambre y por no comer un día, no pasa nada.

Y solo puedo decir que sé que es difícil que un niño hoy en día se muera de hambre (y me refiero evidentemente en nuestra sociedad) pero no hace falta llegar a eso para pasarlo mal. Que es normal que te preocupe que al estar tan delgado le pueda afectar a su desarrollo. Te preocupe que se metan con él en el cole porque vean que es el débil. Te preocupe ver su cuerpo desnudo y poder contar cada costilla y cada vértebra. Te preocupe que no lo puedas meter en clases de piscina porque, a pesar de ser climatizada, se congela de frío y enferma.

Que si mi hijo comiera bien cinco días a la semana creedme que me daría igual los otros dos. Y que sí, a lo mejor estoy exagerando, que podía ser peor, pero cuando ves que día tras día tu hijo se va a la cama con dos vasos de leche y una papilla de frutas con cereales… permitidme tener el derecho a preocuparme y sobre todo a preguntarme que puedo hacer para cambiarlo. Permitidme preguntarme todos los días si es por mi culpa que hoy en día tenga un niño al que llaman “mal comedor”.

Yo aún no tengo las respuestas, y vosotros??

 

 

 

14 comments on “Niño “mal comedor”, nace o se hace?”

  1. Gracias por compartir esta experiencia como madre que tan dura ha debido de ser, la verdad es que “tengo suerte” y aun no me he visto en batallas por la comida, y menos mal porque yo fui de esas llamadas “mal comedoras” y lo pasé fatal.

    Ánimos!

    • Gracias a ti por leerme y por los ánimos. Te adoro. Además, “Leerte” decir que lo pasaste mal nos recuerda que aquí no solo lo pasan mal los padres. No se si mi peque el día de mañana recordará cuando se tiraba del pelo porque tenía año y poco, confío en que no. Pero lo que ya le va a quedar para siempre es la etiqueta de “mal comedor”. Un abrazo grande

  2. Mientras te leo, te abrazo fuerte en mi pensamiento con un nudo en la garganta. No logro imaginar la angustia que habréis pasado y aún tendrás a dias… estas cosas son las que no esperas y no encontrar solución es demoledor. Mucho amor para todos, y recuerda que lo estás haciendo bien.

    • Muchas gracias Zora!! Ha sido una situación agotadora y frustrante. Pero poco a poco la vamos dejando atrás. Muchas gracias por tus palabras y recibo ese abrazo fuerte, espero dártelo pronto en persona. 😍😘

  3. Leyendo tu post… he llorado, porque he pasado por lo mismo y sólo hasta ahora estamos viendo la luz al final del túnel, algún día me encantaría hablar contigo porque leerte es leerme, todas tus lágrimas y pensamientos … parece que hubiera sido yo la que escribir en tu blog… ánimo y más paciencia.. más de la que hemos tenido se que es inimaginable… pero ese día que tanto anhelas llegará

    • Muchas gracias preciosa. Me alegro mucho de que por fin estéis viendo la luz porque sé lo mucho que eso significa. Así que muchos muchos besos, y un abrazo enorme. Lo conseguiremos. 😍😘

  4. Eres una luchadora, constante, inteligente, con fortaleza que seguro que Le transmites al peque, que es maravilloso, que suerte tiene de tener una super mamá, muchos besos

  5. Madre mía, qué mal cuerpo se me ha quedado recordando está historia… Qué fortaleza la vuestra, yo habría ido por el camino fácil y seguramente habría tirado de las gotas. Un abrazo enoooorrrmeeee

    • Hubo gente de mi entorno que me llegó a decir que era un error no dárselas. Pero cada vez estoy más contenta de no haberlo hecho. Porque en el momento que lo hiciera, estoy segura de que mi niño pasaría de ser un niño sano pero “mal comedor” a tratarlo como un niño enfermo. Esa es la sensación que tengo. Gracias por escuchar mi historia en su momento y gracias por leerme ahora. Y sobretodo gracias por darme ánimos para hacerlo.

  6. Un nudo en el estómago todo el post. No es que sea normal preocuparte, es que es HUMANO. De verdad, yo tampoco tengo respuestas para nada, así es esto de la maternidad que siempre nos quedarán las dudas.
    Solo se que lo has hecho, y lo harás, como todas. Lo mejor que puedas y sepas. Y de ahí para delante… mucha fuerza y ánimo. Un abrazo inmenso!

    • Muchas gracias Marta. Posiblemente ahora lo hubiera hecho de otra manera. Pero ya no hay marcha atrás. Como dices ahora solo queda tirar para delante. Un abrazo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.