Hace unos días nos confirmaron que el peque tenía ambliopía, comúnmente conocido como “ojo vago”. Sin embargo, si os soy sincera, me lo esperaba. Y ya no solo por el hecho de tenerlo yo y saber que podía heredarlo. Sino por pequeños gestos. Gestos que para los demás podían pasar desapercibidos, como inclinar ligeramente la cabeza al estar viendo la tele, pero que para mí, eran pequeñas señales.

Qué es la ampliopía?

La Sociedad Española de Oftalmología define la ambliopía como la disminución de la agudeza visual de origen funcional. Aparece cuando la imagen que le llega al cerebro de uno o los dos ojos es borrosa. El cerebro entonces no aprende a ver de forma clara, por lo que decide desconectar la información de ese ojo.

Explicado de otra manera, el cerebro para ver de manera clara necesita que la visión de los dos ojos esté coordinada. Cuando no lo están, el cerebro lo que hace es desechar la imagen borrosa y quedarse con la más clara. Esto hace que el ojo de la imagen desechada vaya perdiendo poco a poco su funcionalidad. Este ojo es al que se le denominará “ojo vago” y será el que tendremos que ejercitar mediante gafas y oclusión ocular del otro ojo, mediante un parche, para que pueda recuperar su función.

Las causas del ojo vago pueden venir derivadas por un estrabismo, párpado caído, cataratas congénitas… pero la gran mayoría, están provocados por una diferencia de graduación óptica entre los dos ojos. Uno de los dos ojos es más miope, hipermétrope o astigmático que el otro, es la que se conoce como ambliopía anisometrópica.

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